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For the first time, after two long years, I heard the words mental illness.

Edith's Story

Eight years ago, I had only a vague understanding of mental illness. I knew very little about mental health and psychiatric hospitals, except for the famous Gregorio Pacheco hospital in Sucre, Bolivia, where I’m from, and J.T. Borda, the psychiatric hospital in Buenos Aires, Argentina. Of course, I was also familiar with the many popular jokes about people living with mental illness.

For me, each class was a discovery of a world that isn’t spoken about publically and only seems to exist in the shadows.

I never imagined that I would come to learn about mental illness through a family member—my daughter. In 2005, after trying many times, my daughter was offered a job. We were very happy about this accomplishment, which wouldn’t have been possible without the help of our good friend.

My daughter’s job was to drive the children of a particular family to their various activities and bring them back home. Everything seemed to be going wonderfully! However, a few days after starting work, my friend called me very concerned about how my daughter was behaving. She told me that my daughter was acting strangely and all I could think was that she was confused and must have been mistaken. I thought she was probably talking about some other person. I couldn’t understand how this could be happening to my daughter.

As a result of my daughter’s odd behavior, the family fired my daughter and my good friend as well. To this day I still feel horrible that my friend lost her job due to this unfortunate situation. 

It was not long until my daughter’s strange behavior came back. We looked for help at various health centers. The first place we turned to was the county crisis center in our community. She would’ve been required to stay for a 72-hour evaluation, so my daughter and I decided against it because she wouldn’t have been allowed any visitors. She didn’t understand what was happening to her and, seeing that she was losing track of whom and where she was, I supported her decision to leave the center.

We tried to seek help from a primary care doctor after two psychiatric crises. The doctor concluded that her immune system was low and prescribed her antibiotics. As one might expect, the antibiotics didn’t help. Over the next two years, we went from one center to another, asking acquaintances, friends and different doctors, looking for answers for my daughter’s condition. Unfortunately, no one could explain the cycle of crises that my daughter was experiencing every three or four months. It wasn’t until she had an even more serious episode and went to the crisis center again that something changed. At the crisis center, the therapist informed me that it could be a mental health problem and recommended that I take her to a hospital near my house where she could receive proper treatment.

For the first time, after two long years, I heard the words mental illness. My daughter was admitted with the diagnosis of schizophrenia. It was hard to leave her, but after a week she had improved and was discharged with the recommendation to seek regular psychiatric treatment.

Six months after my daughter left the hospital, I received a call from the Spanish-language program coordinator from NAMI Montgomery County in Maryland. She invited me to participate in the NAMI Family-to-Family class and I accepted immediately. For me, each class was a discovery of a world that isn’t spoken about publically and only seems to exist in the shadows.

After completing the class, I immediately signed up as a volunteer to teach the next class and spread knowledge and understanding about mental illness. Since then, I have dedicated my time to educating parents and families about mental illness. Not too long ago I began working as the Spanish-language program coordinator at NAMI Montgomery County. While I see there is resistance within the Spanish-speaking community to accept the realities of mental illness, my family’s struggle pushes me to ensure that others receive the information they need to properly address mental illness in their life.

It's been six years since my daughter was admitted to the hospital. Her diagnosis is now bipolar disorder. It will be an ongoing journey but today she is doing well and continues treatment that keeps her healthy.

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La Historia de Edith

Ocho años atrás, tenía una vaga idea acerca de las enfermedades mentales. Sabía muy poco sobre la depresión y los hospitales psiquiátricos, excepto por el famoso hospital Gregorio Pacheco ubicado en la ciudad de Sucre, Bolivia, mi tierra natal, y el hospital psiquiátrico J.T. Borda en Buenos Aires, Argentina. No obstante, estaba familiarizada con chistes populares referentes a personas con enfermedades mentales.

Para mí, cada clase fue el descubrimiento de un mundo del que no se habla en público y parece estar resguardado en las penumbras.

Nunca imaginé que tendría que enfrentar y aprender acerca de las enfermedades mentales en el núcleo de mi familia, y menos aún, que fuera a través de mi propia hija. En el año 2005, después de muchos intentos, mi hija finalmente consiguió un empleo. Estábamos contentos con ese gran logro, que no hubiera sido posible sin la ayuda de una amiga muy especial para nosotros.

Su trabajo consistía en llevar a los niños de una familia a sus diferentes actividades y traerlos de regreso. Mi amiga, quién trabajaba para la misma familia, fue instrumental para que le ofrecieran el empleo. ¡Todo parecía ir de maravilla! Sin embargo, a los pocos días de comenzar, mi amiga llamó muy preocupada para contarme acerca del extraño comportamiento de mi hija. Mientras me hablaba, sólo podía pensar que ella debía estar confundida y probablemente equivocada. Estaba convencida de que se estaba refiriendo a otra persona. Perpleja, no alcanzaba a entender por qué estaba ocurriendo todo esto.

Como resultado, despidieron a mi hija y, de paso, a mi amiga. Hasta el día de hoy lamentamos que mi amiga se hubiera quedado desempleada debido a este infortunio. 

No pasó mucho tiempo antes de que el comportamiento insólito de mi hija, al que se refería mi amiga, reapareciera. Buscamos ayuda en distintos centros de salud. El primer lugar al que fuimos fue el centro de atención de crisis del condado donde vivimos. Allí nos dijeron que mi hija debía quedarse para una evaluación de 72 horas, opción que rechazamos porque no permitían visitas. Ella no entendía lo que le pasaba y yo al verla perder la noción de quien era y donde estaba, apoyé su decisión de marcharnos del centro de atención.

Después de que se presentaran dos crisis consecutivas, buscamos la ayuda de un médico general. El diagnóstico fue ‘bajas defensas’ y el médico procedió a recetarle antibióticos. Como era de esperarse, los resultados no fueron positivos. En busca de  respuestas al problema de mi hija, durante dos años estuvimos de centro en centro consultando conocidos, amigos y distintos especialistas. Lamentablemente, nadie nos pudo explicar la causa de este ciclo de crisis recurrentes de cada tres o cuatro meses. No fue hasta que tuvo una de sus crisis más graves, que nos dirigimos nuevamente al centro de atención de crisis. Allí, el terapeuta mencionó que podría tratarse de un problema psiquiátrico y nos recomendó llevarla a un hospital cerca de casa donde recibiría el tratamiento adecuado.

Por primera vez, después de dos largos años de peregrinaje escuchamos las palabras “enfermedad mental”. Al principio, mi hija fue internada con el diagnóstico de esquizofrenia. Fue particularmente difícil dejarla, pero después de una semana fue dada de alta en un mejor estado y con la recomendación de continuar con un tratamiento psiquiátrico.

Seis meses después de que mi hija saliera del hospital, recibí una llamada de la coordinadora de los programas en español de NAMI Montgomery County en Maryland. Ella me invitó a participar en la clase De Familia a Familia de NAMI y acepté inmediatamente. Para mí, cada clase fue el descubrimiento de un mundo del que no se habla en público y parece estar resguardado en las penumbras.

Una vez terminada la clase, decidí convertirme en voluntaria de NAMI con la idea de ofrecer más clases y difundir los programas. Desde entonces, me he dedicado a educar a padres y familias en lo referente a las enfermedades mentales. De hecho, hace poco empecé a trabajar como coordinadora de los programas en español en NAMI Montgomery County. A pesar de que siento que hay resistencia en la comunidad cuando se trata de aceptar los retos de las enfermedades mentales, el ejemplo de cómo manejamos la enfermedad de mi hija en mi familia me impulsa a seguir difundiendo información y herramientas para que otros entiendan como abordarlas adecuadamente en sus vidas.

Hoy, años después de la internalización de mi hija, su diagnóstico es trastorno bipolar. Soy consciente de que esta es una travesía continua, pero hoy me regocija saber que ella está bien y sigue un tratamiento que la mantiene estable.

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